Porque algún día me vas a matar. Me matarás, me vais a matar. Preparo un hígado sofreído, en la tarde, antes de ayer, de la partida. Aquí está, agudo, en la punta de la frente y digo como, con k, kómo, bajo la garganta. Te sumo a la luz, reflejada en las paredes y
te pregunto si podemos intentarlo.
Todavía nos queda la risa.


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