domingo, 6 de septiembre de 2009

Once y algo pe eme.

¿Para dónde irá tan elegante?, se preguntó Rosa María, un viernes en la noche. La frase tan sonora y literaria, sonó en mi cerebro, luego de haber cruzado la carrera trece, a la altura de la veintiséis; en medio de esta soledad que acompaña a cada uno, en medio de un septimazo frío.

De repente nos encontramos con los ruidos estomacales y con los grandes deseos de satisfacer nuestros vacíos. Yo, por mi parte, todo el día me había sentido con una corrosión en el corazón, sin sentido, con lluvia (helazón[1], palabra sonora). Siempre pensando que habrá algo que me saque de la rutina. A diario pasa algo que no es de este mundo, por algo estos días han trascurrido turísticos, como si yo no fuera de acá.

Y de seguro así es, aunque yo no me haya percatado de eso. Sí, porque de repente trato de ponerme ojos nuevos en Chapinero y me doy cuenta que la realidad es totalmente diferente a la general. Los párpados se me caen.



[1] helador

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